He pasado el fin de semana en Jesús Pobre. Desde que decidí dejar de pasar los veranos con mi madre (lo siento, mamá) siempre que necesito escaparme me voy a Jesús Pobre, un lugar idílico al que solo cabe ponerle un pero: los valencianos.
Tengo la teoría (sí, tengo algunas teorías) de que los valencianos eran un pueblo tranquilo, pacífico, hedonista, feliz mirando el Mediterráneo y comiendo naranjas hasta que a alguien le dio por inventar el alioli. No tiene mucho de científico, lo sé, pero creo que desde ese día todo cambió. El alioli te nubla la vista, te vuelve irracional, pasional, hace que tus tímpanos se acomoden al ruido de los petardos, a la música house. Una buena rebanada de pan con alioli hace que sientas el deseo de tunear tu Ford Fiesta y de reinventar la ruta del bakalao. El alioli promueve tus deseos de ver el mundo arder, de escucharlo estallar: fallas y mascletá.
El alioli ha convertido a los valencianos en protagonistas habituales de las páginas de sucesos. Estoy segura que cuando Antonio Anglés se cargó a las niñas de Alcasser acaba de merendar pan con alioli, y estoy segura que mientras las violaba y asesinaba cruelmente el aliento le apestaba a ajo.
El viernes nada más llegar a Jesús Pobre, mientras nos dirigíamos al bar Rosita en busca de algo de cenar, un grupo de hombres (no niños de doce años sino tipos que rozarían la treintena) decidió que arrojarnos petardos podría ser una maravillosa diversión. Cuanto más nos asustábamos por las explosiones ellos más se reían. No les conocíamos de nada pero estoy segura que actuaban bajo los efectos del alioli.
Creo que anoche Sarkozy cenó alioli.
Besos para todos.
Beta

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